El género como variable estructural que evidencia las desigualdades entre hombres y mujeres en el curso vital, y especialmente en la vejez

MÓNICA RAMOS Doctora en Antropología Social de Orientación Pública. Especialista en envejecimiento y género. Socia-Directora del Instituto de formación en Gerontología y Servicios Sociales – INGESS. Profesora Asociada del Departamento de Antropología Social y Psicología Social. Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid

Introducción

Si quiero ser honesta, el proyecto de ciudades y comunidades amigables con las personas mayores desde el momento en el que se planteó me resultó chocante. Y a día de hoy me sigue pareciendo algo limitado. En mi opinión, sería mejor plantearnos ciudades y comunidades amigables con el proceso de envejecimiento o con el curso vital. Creo que este pequeño cambio visibilizaría de manera más clara que la vejez es solo una etapa más del curso de la vida, y que en cualquier momento de esa trayectoria se pueden experimentar cambios positivos y negativos. Por tanto, que la vejez no es sinónimo de problemas, dependencia, discapacidades o limitaciones. En este sentido, los entornos en los que vivimos deberían ser amigables con todas las etapas de nuestra vida, tratando de ofrecer calidad y calidez a quienes los habitamos, y de la misma manera, nos deberían empoderar para promover nuestra autonomía personal y comunitaria en cualquier momento de nuestro curso vital. Para mí, lo amigable supone tanto la implicación de recursos para la superación de barreras o dificultades, como la promoción de oportunidades y capacidades ciudadanas.

Mi posición personal y científica a este respecto, es animar a que las políticas públicas superen cada vez más la institucionalización de la edad como algo cronológico o biológico, porque somos mucho más que la edad objetiva establecida por nuestra fecha de nacimiento. De hecho, resulta interesante observar que se le conceda tanta importancia a la edad, es decir, al hecho de ser “persona mayor”, y en cambio, se incida tan poco en aplicar una perspectiva de género. Así nos podríamos preguntar si los pueblos y ciudades amigables con las personas mayores, lo son en la misma medida, con las mujeres que con los hombres –mayores-. No pongo en duda que en cada proyecto que se ha diseñado para crear una ciudad amigable con las personas mayores, se ha preguntado tanto a hombres como a mujeres cuáles eran sus inquietudes al respecto, pero ¿esa consulta se ha diseñado con una perspectiva de género? O ¿solo se han incluido en el proceso de consulta a hombres y mujeres? Por supuesto, que esto ya es un paso importante, incluir a ambos sexos en la reflexión ciudadana, pero no es suficiente, porque todavía hoy en día existe desigualdad y discriminación hacia las mujeres de todas las edades, y por ello, el género sigue siendo una variable estructural que establece diferencias en el envejecer de hombres y mujeres. Sin un enfoque de género, solo incluimos a personas de ambos sexos en nuestra intervención. Como gerontóloga feminista espero aportar con este artículo una mirada de género que ofrezca algo de luz al respecto.

El género y la edad como construcciones socioculturales que establecen desigualdades

La idea principal que deseo transmitir es que los sistemas de género convierten las diferencias entre hombres y mujeres en desigualdades que afectan más a las mujeres que a los hombres a lo largo de sus cursos vitales porque implican discriminación (Del Valle, 2013, p.207). Los patrones de género y los roles que han desempeñado las mujeres a lo largo de sus vidas, en sistemas heteropatriarcales como el nuestro, explican gran parte de las carencias que manifiestan muchas de las mujeres mayores de hoy, por lo que condicionan la situación en la que se encuentran en la vejez, y ponen de relieve, todavía en la actualidad, que no es lo mismo envejecer siendo hombre que siendo mujer. Pero no solo el género es una construcción social, sino que también la edad es un concepto construido socioculturalmente en el que se pueden distinguir diferentes dimensiones –cronológica, fisiológica, social, etc.-. Y una de las conclusiones más relevantes, es que la combinación de estas dimensiones de la edad con el género establece un doble rasero para hombres y mujeres, que pone de relieve las carencias y dificultades que experimentan las mujeres en la vejez. En este artículo se abordan algunas de las más destacadas.

Por ejemplo, al entrelazar edad cronológica con género, quedan definidas dos discriminaciones: la de ser mayor y la de ser mujer. El mensaje que se transmite a las mujeres mayores en nuestra sociedad es que deben esforzarse por seguir pareciendo jóvenes -ya que la exigencia o prescripción para las mujeres es la de la belleza unida a la juventud-. De ahí la necesidad de utilizar cremas para reducir arrugas, tintes para ocultar las canas, etc. Otro aspecto en el que se pone de relieve el doble estándar del envejecimiento para hombres y mujeres, es la diferente aceptación social de la sexualidad para unos y para otras. Especialmente relevante es la diferente aceptación social que se muestra ante una relación sexual entre un hombre mayor y una mujer joven, que incluso es erotizada en el imaginario heteropatriarcal, mientras que en el caso contrario, entre una mujer mayor y un hombre joven, se tiende a ridiculizar y a poner en cuestión. En este sentido, serían necesarias campañas de sensibilización para romper con esta visión estereotipada de la vejez femenina y promover en los espacios comunitarios un empoderamiento de las mujeres sobre sus cuerpos y su sexualidad.

Otro aspecto en el que los patrones y los roles de género son determinantes en la vida de las mujeres mayores de hoy se observa en cómo la multiplicidad de roles y la construcción de su identidad femenina como «seres-para otros» ha incidido en su salud a lo largo de su vida, lo que ha tenido una repercusión negativa en su envejecer. Por ello, a pesar de que disfrutan de una esperanza de vida más elevada que los hombres, también lleva aparejada situaciones de vulnerabilidad (Freixas, Luque y Reina, 2009, p.60), ya que las mujeres tienen que afrontar al envejecer situaciones más complejas que los hombres, (Barrantes, 2006, p.193; Salgado-de Snyder y Wong, 2007, p.516; Ramos, 2010, p.203-204; Ramos, 2012, p.45), debido a que disponen de menores recursos económicos y formativos, a la complejidad que ha tenido su trayectoria laboral, a su mayor nivel de morbilidad y de discapacidad, o a su invisibilidad ante las políticas y administraciones –dada la escasa aplicación de una perspectiva de género en las mismas-.

Por otro lado, la mayor esperanza de vida de las mujeres, junto con otra variable de corte social que establecía que la mujer debía ser más joven que el hombre con el que se casaba, ha ocasionado que muchas mujeres mayores en la actualidad tengan más probabilidad de quedarse viudas y vivir solas que los hombres. Hecho que no debe llevarnos de manera automática a pensar que implica una situación problemática, dado que en la vejez las mujeres están más capacitadas para vivir solas que los hombres porque se manejan mejor en las tareas del hogar ya que las han desempeñado a lo largo de sus vidas. Aun así, no deja de tener efectos negativos sobre sus vidas, ya que al quedarse viudas se reducen considerablemente sus ingresos económicos, y pueden emerger sentimientos de soledad que tienen que aprender a gestionar. En este sentido, las administraciones públicas tienen una tarea decisiva si promueven entornos de sociabilidad para las mujeres a medida que envejecen que superen el ámbito de las relaciones familiares.

 

Del mismo modo, otro de los aspectos relacionados con los patrones de género se pone de manifiesto en cómo la discriminación de género sufrida en la infancia emerge en muchas mujeres mayores como uno de los motivos más poderosos que impidió su acceso a la educación. Y cómo imposibilitó que muchas de ellas pudieran seguir trabajando después de casarse. De ahí que las mujeres que consiguieron alcanzar un nivel formativo elevado y se mantuvieron solteras son las que han disfrutado de carreras laborales más parecidas al patrón masculino, lo que les ha permitido disponer de recursos económicos más elevados a lo largo de sus vidas y especialmente en la vejez a través de pensiones de jubilación. En este sentido, es necesario contar con políticas públicas que promuevan la igualdad en todos los ámbitos de la sociedad para que las mujeres en su proceso de envejecimiento disfruten de los mismos recursos y oportunidades que los hombres.

Si seguimos relacionando género y edad, de nuevo emerge otra problemática que afecta más a las mujeres mayores y es que son más vulnerables para sufrir algún tipo de malos tratos, ya que son más proclives a sufrirlos las personas más ancianas y con mayores grados de dependencia, por tanto, las mujeres mayores, -dada su mayor esperanza de vida y la probabilidad de padecer situaciones de dependencia en edades avanzadas-. Tanto en el entorno familiar como en el entorno institucional, puesto que más del 80% de las personas usuarias de estos servicios son mujeres. Además, aunque los malos tratos se acaban expresando en conductas concretas, no podemos olvidar que estos hunden sus raíces en variables estructurales. Se estima, por ejemplo, que en España el 30% de las personas mayores son pobres y un porcentaje parecido se encuentra en el umbral de la pobreza y es sabido, que son las mujeres, con frecuencia viudas las que mayoritariamente subsisten con pensiones de viudedad o asistenciales, en condiciones de precariedad. Esto debe hacernos reflexionar, ya que los escenarios de exclusión se convierten en un caldo de cultivo determinante.

Pero además, las mujeres mayores también sufren violencia de género o violencia machista, aunque está mucho más invisibilizada que en otras edades ya que son las mujeres que menos denuncian y las que asumen mayores dosis de desigualdad y subordinación, lo que las predispone a una mayor tolerancia a situaciones de maltrato, al menos, de maltrato psicológico. No podemos olvidar que han aprendido en su socialización que los hombres siempre han tenido el control, el poder y los privilegios que les concede el sistema heteropatriarcal. Y las que se casaron lo hicieron bajo un Código Civil según el cual las mujeres tenían que obedecer a sus maridos. Por ello, es necesario que las administraciones públicas visibilicen la violencia que sufren las mujeres mayores, que realicen campañas de sensibilización y que promuevan medidas encaminadas a ofrecer soluciones reales que las permita salir de relaciones de violencia.

Como vemos, el origen de estas carencias específicas de las mujeres mayores de hoy se encuentra en la estructura de los sistemas sociales heteropatriarcales. El patriarcado emerge como el sistema en el que se construyen las identidades de género, lo que permite observar otro fenómeno muy importante: la provisión de cuidados en la familia y su asignación por género a las mujeres como parte de la construcción de su identidad femenina. Está tan esencializada esta función, que incluso el diseño de las políticas sociales de provisión de cuidados ha cuestionado escasamente la posición de la mujer como agente principal de los mismos (Comas, 2014). Sin embargo, desde la década de los años 90 del siglo XX asistimos a una <<crisis de los cuidados>> debido a la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral. Lo que ha desembocado en que en gran medida las mujeres mayores asumen el apoyo y la provisión de cuidados dentro de la familia extensa. Para ellas es una capacidad socializada a lo largo de sus vidas, ya que muchas han cuidado a sus hijos/as, a sus parejas, y ahora cuidan a sus nietos/as y, en muchas ocasiones, al resto de personas dependientes de la familia: madres-padres, suegros-suegras, hermanos-hermanas, etc. Esta capacidad de las mujeres mayores de estar disponibles para los demás contribuye muy activamente al bienestar de sus familias y al desarrollo socioeconómico de la sociedad en su conjunto. Todavía hoy la tarea y la responsabilidad de los cuidados siguen estando en el centro del análisis del feminismo sobre la construcción de las identidades de género y el diseño de las políticas sociales en los Estados de Bienestar. A pesar de la necesidad de poner en valor la prestación de cuidados que dan las mujeres mayores en sus entornos familiares, es evidente que esta prestación tiene sus costes en la vivencia satisfactoria de su propio envejecimiento, especialmente en la reducción de su tiempo de ocio y en la dificultad de anteponer sus deseos a las necesidades de cuidado que demanda el entorno familiar. Por eso las políticas de conciliación de la vida profesional y familiar en el fondo también son políticas que promueven un envejecimiento activo, ya que liberan a las mujeres mayores de tareas que les implican un trabajo constante en el apoyo y cuidado familiar.

Además, se ha comprobado que las mujeres que no tienen la responsabilidad de cuidar de manera intensiva tienen más oportunidades para disfrutar de un proyecto de vida más participativo en la vida comunitaria y en el que específicamente el asociacionismo resulta uno de los mecanismos más potentes de participación. Para muchas mujeres mayores su destreza a la hora de mantener y establecer amistades y vínculos es un resorte ante la adversidad y ofrecen oportunidades más amplias a su proyecto de vida (Sánchez Salgado, 2003). Son una vía para afirmar un sentido de identidad positivo y para desarrollar nuevos roles que trascienden la cotidianeidad de la familia y se amplían al ámbito comunitario. Las redes y amistades ayudan a vivir mejor porque el apoyo y la interrelación aportan satisfacción en la vida, empoderamiento y mejoran la autoestima. Muchas mujeres mayores han hecho inventario de sus vidas y deciden utilizar su tiempo en el desarrollo de nuevas habilidades, aficiones, relaciones y protagonismos sociales en espacios públicos y comunitarios. Supone una nueva realidad en la que reclaman ser beneficiarias de los mismos derechos de los que disfruta el resto de la sociedad: educación, ocio, participación, etc. Por ello, es necesario que el diseño de las ciudades y comunidades amigables con las personas mayores, integren una mirada de género que promueva un mayor protagonismo de las mujeres en su proceso de envejecimiento y facilite canales de participación.

Reflexiones finales

En definitiva, reconocer que ciertas condiciones negativas afectan por género a las mujeres a lo largo de sus vidas, no debe ocultar al mismo tiempo, la diversidad que existe entre las propias mujeres. Así, frente a las carencias compartidas por las mujeres mayores como resultado de la construcción de su identidad de género, encontramos evidente heterogeneidad como resultado de la diversidad de sus trayectorias personales. Esta heterogeneidad se observa fundamentalmente a través de variables como el estado civil, la clase social y especialmente el nivel de instrucción alcanzado en su juventud, aspectos todo ellos claves que marcan diferencias biográficas importantes a lo largo del curso vital de las mujeres y por tanto en su vejez.

Así, al analizar los sistemas de género desde una perspectiva feminista, estos emergen como estructuras de opresión sobre las mujeres, pero al mismo tiempo, como medios que generan estrategias de empoderamiento y de ciudadanía activa, especialmente en la vejez. Por eso es tan importante que el diseño de las ciudades y comunidades amigables se apoye en una perspectiva feminista que permita el protagonismo de las mujeres en todos los entornos.

«Envejecer siendo mujer. Dificultades, Oportunidades y Retos», 2017, Prólogo de Virginia Maquieira, Edicions Bellaterra.

8 de marzo, 2020