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La soledad no necesita apellido, pero sí una compañera: solitud

20 - 10 - 2026

Etiquetas: soledad , solitud

Autor: Agustín Martínez Molina
Coordinador de Estudios, Instituto de Mayores y Servicios Sociales (Imserso)

En este texto defiendo una propuesta terminológica. Aunque me dirijo al público en general, lo hago especialmente a profesionales. No cuestiono a quienes hoy dicen “soledad no deseada”. Su intención es legítima y su labor, valiosa. Solo sostengo que hay una forma más precisa y coherente de nombrar esta característica humana.

Soledad: situación y emoción

Es normal, y hasta diría que deseable, que en el lenguaje coloquial usemos palabras de forma no técnica. En psicología abundan los ejemplos de términos cuya definición operativa se aparta del uso corriente: personalidad, inteligencia, aleatorio, ansiedad, estrés, sesgo, significativo, refuerzo o memoria, entre otros.

La soledad es un caso paradigmático de esa polisemia. Bajo una misma palabra conviven dos referentes que conviene mantener separados. La situación de estar solo: sin compañía. Y el sentimiento de soledad: el malestar de quien echa en falta los vínculos que desea. Esta segunda, la emocional, es la que importa a la salud pública. Conviene subrayar que el propio diccionario recoge ya esa carga negativa: la Real Academia define la soledad, en su sentido afectivo, como «pesar y melancolía» (Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, 2024). Como emoción, pues, «soledad» es negativa por definición, un dato al que volveremos más adelante.

La soledad comienza con experiencias de desconexión social (p. ej., aislamiento o abandono). La primera reacción es inmediata, casi corporal: un dolor que se siente antes de pensarlo, ante lo que se vive como pérdida o exclusión. Solo más tarde llega la reflexión. Al volver una y otra vez sobre esas circunstancias, la persona concluye que sus relaciones no le bastan, y de esa carencia percibida nace el sentimiento persistente que llamamos soledad. La psicología lo definió como una discrepancia dolorosa entre el vínculo deseado y el que se tiene (Perlman y Peplau, 1981), aunque conviene añadir un matiz: esa evaluación no abre el proceso, sino que corona una herida más temprana, sentida antes de ser pensada. Cuando esa carencia se enquista, el sentimiento deja de ser pasajero y se instala, hasta volverse una forma habitual de estar en el mundo, y desemboca en una insatisfacción duradera con la propia vida social.

Entender la soledad como proceso, y no como atributo fijo de una persona, ordena la intervención: abre ventanas para actuar en las fases tempranas, antes de que el malestar se consolide. La distinción no es menor. Estar solo no es sentirse solo. Y puedes sentirte solo acompañado. Nombrar bien es, ante todo, no mezclar la situación con la emoción.

Cuando medimos soledad…

Dos son las escalas más utilizadas para evaluar soledad internacionalmente. La DJGLS (de Jong-Gierveld y Kamphuis, 1985), y la UCLA (Russell et al., 1978). Como se puede ver en la tabla, las versiones más reducidas de estas escalas, i.e., la UCLA de 3 ítems (Hughes et al., 2004), y la DJGLS de 6 ítems (Kenny et al., 2023), muestran similitudes de contenido. Estas similitudes se centran en la evaluación del componente de aislamiento social de la soledad. La diferencia fundamental entre ambas escalas está en los ítems que evalúan “apoyo social” en la DJGLS. Que este contenido sea o no soledad, es otra historia.

Escalas adaptadas al español DJGLS-6 y UCLA-3

DJGLS-6   UCLA-TIL-3
# Faceta Contenido   # Faceta Contenido
2 Emocional Echo de menos la compañía de otras personas   2 Aislamiento Siento que me falta compañía
10 Emocional Me siento abandonado/a a menudo   11 Aislamiento Me siento excluido/a
3 Emocional Siento una sensación de vacío a mi alrededor   14 Aislamiento Me siento aislado/a
4 Social Hay suficientes personas a las que puedo recurrir en caso de necesidad        
7 Social Tengo mucha gente en la que confiar completamente        
8 Social Hay suficientes personas con las que tengo una amistad muy estrecha        

Nota. Faceta: componente teórico de soledad en esa escala.

En recientes metaanálisis, se observa un mayor uso de las versiones de la UCLA-3, (Ernst et al., 2022; Fu et al., 2022; Hickin et al., 2021; Hoang et al., 2022; Shekelle et al., 2024; Yu et al., 2023). En estos estudios se muestra cómo diferentes versiones de ambas escalas se han utilizado indistintamente para evaluar la soledad en personas mayores tras una intervención. Comparando, en versiones españolas, la calidad de la medida entre ambas escalas, en términos de validez y fiabilidad, es la UCLA la que muestra una estructura más coherente (i.e., unidimensional), mayor precisión (i.e., mayor fiabilidad) y mayor validez predictiva (Pedroso-Chaparros et al., 2022; Trucharte et al., 2023). Además, todos sus ítems están redactados de forma más sencilla (i.e., no hay ítems inversos y son más breves que la DJGLS). En este sentido, es preferible la UCLA-3.

Tampoco conviene descartar la medida más sencilla: el cribado con un solo ítem. Basta una pregunta directa, del tipo «¿con qué frecuencia se ha sentido solo o sola en la última semana?», para obtener una estimación útil. La investigación reciente la avala: distintos trabajos de validación muestran que una única pregunta ofrece propiedades psicométricas aceptables y una convergencia alta con las escalas de tres ítems (Mund et al., 2023; Reinwarth et al., 2023), y que esa correspondencia se mantiene incluso al medir la soledad momentánea en la vida cotidiana (Halvorson y Kuczynski, 2024). Su brevedad la hace especialmente valiosa en encuestas de gran escala y con personas mayores o con deterioro cognitivo, para quienes cumplimentar un cuestionario largo resulta gravoso. No sustituye a las escalas cuando se busca matiz, pero es una herramienta concisa y defendible cuando la economía de la medida es prioritaria (Chamberlain et al., 2026).

El marco actual y sus críticas

En español, y sobre todo en España, se ha venido extendiendo la etiqueta «no deseada» a la soledad. Bajo ese rótulo trabajan observatorios, encuestas y estudios de coste social (Casal et al., 2023; Jiménez Rodríguez, 2024).

Conviene evaluar esta situación. El término abunda en lo institucional, lo mediático y lo divulgativo. No así en la investigación psicológica y sociológica sobre la soledad, donde la voz de referencia sigue siendo «soledad» a secas. Aparece en algunas revistas españolas con revisión por pares, cierto. Pero no es así en la literatura científica internacional. La fuerza del uso de esta etiqueta viene de los planes públicos y las campañas. No de un consenso técnico asentado.

Hay, además, una crítica de fondo. Varios autores rechazan su marco «epidémico». Presentar la soledad como epidemia descansa en mediciones débiles. Falta evidencia de un aumento histórico claro. Corremos el riesgo de patologizar una experiencia vital corriente (Sánchez Moreno y Fouce Fernández, 2024). Con esta objeción no niego el problema. Cuestiono la retórica.

Un apunte para el profesional. La evidencia sí documenta un estigma en el sentirse solo: vergüenza, ocultación, menos disposición a pedir ayuda (Barreto et al., 2022). Pero ese estigma pesa sobre la experiencia, no sobre su nombre. Nada prueba que «no deseada» lo agrave o lo alivie. Conviene, pues, no atribuir a la coletilla efectos que nadie ha apoyado.

Una coletilla redundante

En inglés encontramos dos palabras para dos realidades. Solitude, del latín solitūdo, es la soledad buscada, la que repara. Loneliness es la soledad que duele. El castellano no ha marcado esa frontera. Una sola palabra, «soledad», parece cargar con ambos sentidos. De ahí la tentación de añadirle un adjetivo.

Pero, como vimos, el matiz ya está resuelto en el propio diccionario: en su sentido afectivo, «soledad» es de suyo «pesar y melancolía». Si la palabra desnuda ya duele, «no deseada» no informa. Repite. Es un pleonasmo de esos que Lázaro Carreter reprobaba cuando un giro tomado de otra lengua no enriquece y solo la alarga (Lázaro Carreter, 1997).

Cabe una objeción. La soledad también puede buscarse; sin la coletilla, podría haber confusión. Es un punto justo, y explica el invento. Pero la salida no es cargar de adjetivos lo que duele. Es nombrar adecuadamente lo que se elige. Y para eso el español tiene palabra propia.

La propuesta: recuperar «solitud»

«Solitud» existe. Viene del latín solitūdo, la raíz de solitude. El diccionario la recoge, aunque como voz en desuso. Recuperarla ordena el campo. «Solitud» para la soledad elegida: el retiro, el tiempo a solas que nutre. «Soledad» para la que se padece. Con ese reparto, «no deseada» sobra. La soledad, sin más, ya es la que duele. La solitud es la que se busca.

No es un anglicismo. Tampoco un invento. Es una palabra castellana de raíz latina, hoy dormida. Puede despertar con una función clara. Frente a la perífrasis importada, recuperar un término propio es lo más económico. Y lo más fiel al idioma.

Conviene, eso sí, precisar el alcance del modelo. El desdoblamiento léxico entre lo buscado y lo sufrido es propio del inglés, que opone solitude a loneliness. Las demás lenguas romances no lo hacen: heredaron solitūdo como término único, que carga con ambos sentidos igual que nuestra «soledad». Así ocurre con el italiano solitudine, el francés solitude, el portugués solidão o el catalán solitud. La distinción que aquí se propone no imita, pues, a ninguna otra lengua romance; introduce en español un matiz que solo el inglés lexicaliza. Pero lo hace con material propio: no toma prestada una voz ajena, sino que especializa un término latino que el castellano ya poseía. Esa es la diferencia entre calcar y recuperar.

Lo que dice el uso internacional

Un dato lo apoya. «Unwanted loneliness» apenas aparece en la literatura internacional. Y cuando aparece, casi siempre es obra de autores españoles que traducen «soledad no deseada». La literatura académica, la más extensa y citada, usa loneliness a secas. Le basta: el término ya es aversivo. Y reserva solitude para el estado elegido. En resumen: fuera del español, nadie añade «no deseada», porque la palabra base ya lo dice. El castellano puede lograr esa precisión. Sin coletillas. Solo con recuperar «solitud».

Por qué esto importa

Para quien investiga o interviene, la precisión no es adorno. Separar la soledad de la solitud evita tratar como uno dos fenómenos opuestos en salud. Para el público, un lenguaje claro alivia. Ayuda a hablar del propio estado sin recibir una etiqueta. «Soledad» para lo que duele. «Solitud» para lo que se elige. Es un paso pequeño. Pero real. Sirve para entender el fenómeno, y para ayudar mejor a quien lo vive.

Referencias

  • Barreto, M., van Breen, J., Victor, C., Hammond, C., Eccles, A., Richins, M. T., y Qualter, P. (2022). Exploring the nature and variation of the stigma associated with loneliness. Journal of Social and Personal Relationships, 39(9), 2658–2679. https://doi.org/10.1177/02654075221087190
  • Casal, B., Rivera, B., y Rodríguez, E. (2023). El coste de la soledad no deseada en España. Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada. https://www.soledades.es
  • Chamberlain, S. A., Griffith, L. E., Savage, R. D., Batara, J., Yan, W., y Gruneir, A. (2026). Single-item versus scale: Comparing respondent demographic, social, and health characteristics by measure of loneliness using the Canadian Longitudinal Study on Aging (CLSA) data. PLOS ONE, 21(2), e0341572. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0341572
  • de Jong-Gierveld, J., y Kamphuis, F. (1985). The development of a Rasch-type loneliness scale. Applied Psychological Measurement, 9(3), 289-299. https://doi.org/10.1177/014662168500900307
  • Halvorson, M. A., y Kuczynski, A. M. (2024). Measuring loneliness in everyday life. Translational Issues in Psychological Science, 10(3), 331–345. https://doi.org/10.1037/tps0000438
  • Hickin, N., Käll, A., Shafran, R., Sutcliffe, S., Manzotti, G., y Langan, D. (2021). The effectiveness of psychological interventions for loneliness: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 88, 102066. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2021.102066
  • Hughes, M. E., Waite, L. J., Hawkley, L. C., y Cacioppo, J. T. (2004). A short scale for measuring loneliness in large surveys: Results from two population-based studies. Research on Aging, 26(6), 655–672. https://doi.org/10.1177/0164027504268574
  • Jiménez Rodríguez, J. M. (2024). La soledad no deseada en España: un problema para la gestión de la Salud Pública y los cuidados familiares. Revista Española de Salud Pública, 98, e202403025.
  • Kenny, L., Cook, L., Jones, C. R. G., y Brady, J. (2023). Factor structure of the shortened six-item version of the de Jong Gierveld Loneliness Scale (DJGLS-6): A systematic review and testing factor models in a nationally representative sample. European Journal of Mental Health, 18, e0001. https://doi.org/10.5708/EJMH.18.2023.0001
  • Lázaro Carreter, F. (1997). El dardo en la palabra. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
  • Mund, M., Maes, M., Drewke, P. M., Gutzeit, A., Jaki, I., y Qualter, P. (2023). Would the real loneliness please stand up? The validity of loneliness scores and the reliability of single-item scores. Assessment, 30(4), 1226–1248. https://doi.org/10.1177/10731911221077227
  • Pedroso-Chaparro, M. del S., Márquez-González, M., Fernandes-Pires, J. A., Gallego-Alberto, L., Jiménez-Gonzalo, L., Nuevo, R., y Losada, A. (2022). Validation of the Spanish version of the Three-Item Loneliness Scale. Studies in Psychology, 43(2), 311–331. https://doi.org/10.1080/02109395.2021.1989889
  • Perlman, D., & Peplau, L. A. (1981). Toward a social psychology of loneliness. En R. Gilmour y S. Duck (Eds.), Personal relationships in disorder (pp. 31–56). Academic Press.
  • Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. (2024). Soledad. En Diccionario de la lengua española. Recuperado el 14 de agosto de 2026, de https://dle.rae.es/soledad
  • Reinwarth, A. C., Ernst, M., Krakau, L., Brähler, E., y Beutel, M. E. (2023). Screening for loneliness in representative population samples: Validation of a single-item measure. PLOS ONE, 18(3), e0279701. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0279701
  • Russell, D., Peplau, L. A., y Ferguson, M. L. (1978). Developing a measure of loneliness. Journal of Personality Assessment, 42(3), 290–294. https://doi.org/10.1207/s15327752jpa4203_11
  • Sánchez Moreno, E., y Fouce Fernández, J. G. (2024). Soledad no deseada. Los Libros de la Catarata.
  • Trucharte, A., Calderón, L., Cerezo, E., Contreras, A., Peinado, V., y Valiente, C. (2023). Three-item loneliness scale: Psychometric properties and normative data of the Spanish version. Current Psychology, 42(9), 7466–7474. https://doi.org/10.1007/s12144-021-02110-x

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